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lunes

Efecto dominó (cuento)

Había una vez un chico que debajo de su cama guardaba celosamente una valija con un cadáver dentro, un fiambre petrificado, intacto, con una expresión en el rostro de algún día haber poseído sangre en las venas; este chico viajaba muy seguido pero jamás se olvidaba de llevar esa sórdida maleta “extra” que en el aeropuerto sorteaba todos los obstáculos de inspección.

A pesar de la insistencia de sus amigos para que socializara con vivos y se olvidara del finado el muchacho no cedía y día con día se volvía más estrecha su relación con el siniestro personaje, llegada las tinieblas nocturnas, agotado del trabajo sin haberse detenido siquiera a cenar,  marchaba despacito a su alcoba y metiendo la mano al tanteo debajo de la cama afianzaba la maleta hacia fuera, en ocasiones el extinto alcanzaba a arrastrar una mano que por prisa  o por cualquier motivo no había logrado ser acomodada en su sitio, entonces sacándolo de su resguardo entablaba largas conversaciones ante la mirada vacía del cuerpo finamente embalsamado.

Un día pasó lo que nunca: el cadáver no estaba en el neceser cuando el chico lo buscó, desesperado volteó la casa, ¡nada, nada, nada! ¿Es que acaso alguien lo había robado? Esa noche le fue imposible tomar el sueño a pesar de su cansancio desmedido, desconsolado le lloraba a su valioso espécimen, su adorada obnubilación de labios azules y piel helada, moviéndose de un lado a otro en su lecho, no tenía potestad sobre sí mismo, no lograba dejar de preocuparse por no tenerle.

A las 2:00 AM aproximadamente escuchó un ruido, parecía ser la puerta corrediza de la entrada principal, se reincorporó de un salto pero antes de llegar tocaron la puerta de su cuarto, el labio inferior le temblaba de pánico, buscó su arma en el cajón de la mesita de noche, sus manos sudadas apenas podían asir el revólver que empuñó seguro de que un asaltante se había introducido a robarle; pensó que de cierto era el mismo que le había hurtado a su fiambre, abrió la puerta y de prisa se retiró esperando sorprender al desconocido, pero el sorprendido result1ó el chico al descubrir que ¡Era el cadáver!, que tampoco era más un fiambre, sino que estaba lleno de vida, ajeno a los clásicos signos de muerte.

Lentamente, con una pausada y grave voz éste le dijo:

-Ahora estoy vivo, ¡mira! me veo mucho mejor, ven conmigo,  yo también te preciso…-

La luz de la luna se filtraba por las ventanas y un frío pertinaz se colaba por debajo de las puertas caprichosas.

Recobrando la compostura el muchacho contestó:

-No, tú ven conmigo-

Acto seguido le dio un tiro que desplomó al resucitado y agregó:

-Vuelve a dormir, tu noctívaga energía me exaspera, cierra tus fauces, me envenenan, ya extraño tu silencio, porque el silencio te mantenía con vida y por efecto dominó me daba vida a mí también.-


Puerco en matadero (cuento)

 Alfonso no lograba dormirse, era de noche y el termómetro marcaba 40 grados;  aquello parecía el mismo infierno, el cielo estrellano contrastaba con la oscuridad de la noche y los mosquitos hacían de la suyas buscando un banquete de sangre fresca en el muchacho.  Cada vez que llegaba era lo mismo, el sabor de las tierras que espiaron  su infancia era un sabor a tierra mojada por lluvias egoístas,  un sentimiento imposible de piel pegajosa y un sol que no provocaba bochorno si no que ardía violento, furioso, corroía la piel como ácido y adormecía la razón avivando el deseo, elevándolo al infinito.

De un salto se reincorporó,  y colocándose la camisa de manta a medio abotonarse, como acostumbraba,  escondió su navaja de bolsillo entre la vestimenta y salió a caminar, fumando, con las bermudas para descanso y el pelo revuelto, empapado casi en sudor.  La calle del pueblo estaba desierta, llegó pronto a un parque y sentándose en una banca empezó a meditar;  pronto regresaría a su vida habitual; últimamente el pueblo le cansaba más que reconfortarle, entre asuntos familiares y mosquitos  se estaba desangrando;  esa era la cosa y la cosa era algo por demás terrible.
 Dé pronto a lo lejos divisó una sombra, poco a poco se percató que era de un hombre;  un campesino que se acercaba lentamente, el primer impulso fue de desconfianza, naturalmente, después se sonrió de su propio temor considerándolo por demás ridículo;  ya junto a  Alfonso el personaje empezó a hablar animosamente del clima y demás futesas que el chico recibió con monosílabos.

-En estos lares han matado mucho turista, joven, ¿sabía eso usted?…lo menciono para que se cuide, porque pues lo veo así, finito, como que nomas no le entran estas tierras perdidas de Dios- comentó el hombre con una risita maliciosa y despreocupada.

-¿Así? Pues no, no soy turista, lo que sucedió es que me marché de aquí hace bastantes años, y mire…uno cambia- respondió Alfonso ya de nuevo con la desconfianza entramada.

El comentario le había provocado un sudor frío, empezó a atar cabos en su cabeza ¿y si pensaba matarlo? ¿De pronto este hombre era un delincuente?, sí, eso era, un delincuente y buscaba matarle y robarle.

La noche  ya era pesada y un viento fresco empezó a soplar por en medio de los inmensos árboles, calculó que serían las 3 de la mañana, quizás poco menos, quería levantarse pero a la vez sentía el cuerpo de plomo y la necesidad imperiosa de no sacar el inmenso temor a flote.

-y  ¿a qué dice que se dedica usted joven?- preguntó el campesino

-pues, principalmente, escribo- contestó secamente

El sujeto lanzó una carcajada.

-¿De qué se ríe usted?- inquirió Alfonso,  en una guerra de nervios ya casi firmada.

-No de nada, es que no sabía que escribir fuera trabajo, yo no fui a la escuela, éramos muchos, 14…imagínese, ¿escribir? ¿Y gana mucha plata? Me da risa su trabajo es como si “quesque” no fuera un trabajo de a verdad ¿no?, es algo para ricos, o dispense mi ignorancia- finalizó el hombre

Alfonso no contestó nada, empezó a sentir nauseas, infinitas ganas de vomitar;  ahora estaba seguro, le quería asesinar por eso le preguntaba del dinero, pensó:

-O yo, o él-

Así que sujetándolo por el cuello le empezó a asfixiar, el hombre balbuceaba algo intentando sacarse al muchacho de encima,  pero este como poseído viendo que aquello llevaría tiempo tanteo con una mano entre su ropa sacando su navaja de viaje,  la enterró en la yugular del local varias veces, éste fue cediendo pausadamente en un charco de sangre.

Alfonso lo arrastró de los cabellos hasta el interior del parque,  asegurándose de no ser visto y le dejó allí, corrió hasta la posada quitándose las ropas plagadas de sangre y tomando su maleta se subió a su auto; manejó  toda la noche, aturdido.

Nunca regresó al pueblo y la muerte se atribuyó a una riña cualquiera;  años después  Alfonso le comentaba a un íntimo amigo suyo, de unos 18 años, poeta frío y clasista, como la mayoría de sus allegados:

-sinceramente no tenía tanto temor de que él me asaltara, más bien quería ver que se sentía, tú entiendes, matar a uno de estos ignorantes; fue como matar una bestia, creo que incluso le hice un bien a la humanidad…además se revolvía como un puerco en matadero. Me moría por contártelo.

El amigo,  con alma de látigo, sonrió divertido, en un ademán de indolencia griega, mientras le daba otro sorbo a su cerveza importada.

2 gallinas, 2 kilos de frijol limpio (cuento)

Cuando supo que tenía que cambiar a sus dos gallinas por un kilo de frijol se puso fúnebre, eran sus únicas compañeras en el enorme rancho abandonado, porque ya ni rancho era, sólo una extensión de  tierra medio muerta  y fragmentada por el paso de las décadas, esa mañana las acarició y las besó a pesar de los corucos risueños habitantes de las descaradas emplumadas, las gallinas se estremecieron;  así comenzó  el recorrido.  A un paso de llegar al pueblo quiso besarlas de nuevo pero en un movimiento brusco le picotearon los ojos repetidas veces, ajenas al amor del hombre, éste,  ensangrentado y aturdido, regresó corriendo al jacal, al paso de los días a falta de medios para pagar un médico perdió los ojos por una infección y quedó ciego;  pero se le veía feliz, sonriendo, parado en la puerta de su casa besuqueaba a las adoradas asesinas,  feliz de no haberlas vendido se decía: “todo pasa por algo, era el destino quedarme con ellas, mis amigas”, y un líquido amarillento-fétido  le corría por los ojos, quizás pronto la infección pasaría al cerebro.

Con un lazo color naranja y en una cajita magenta‏ (cuento)

 Ya era tarde y juntos avanzaron rumbo al campo de tenis, Andy llevaba una raqueta en cada mano, una para él y otra para Yahir: su amigo inseparable, quien era un tanto más joven que él por lo cual se formaba una unión casi imperceptible de un poderoso amor intelectual, noble y libre de promesas,  ya que entre ellos ya todo estaba cumplido.
 Al llegar,  ya había anochecido por completo y no había ni un alma en la cancha, los dos tomaron asiento en una de las bancas cercanas,  Andy estaba fúnebre;  Yahir sería operado al día siguiente por algún grave problema de salud y no se sabía más sobre el futuro que le esperaba, sin embargo lucía fuerte,  nadie ni él más avezado hubiera imaginado que ese joven amigo de Hyacinthus, pudiera guardar en su cuerpo rastro alguno de enfermedad.
 Mientras comenzaba el calentamiento bromeaba sobre el resultado de la intervención,  que si viviría, que si no, y sonreía, como sonríe un niño negligente sin comprender el dolor ajeno.  Andy cada vez palidecía más y observaba a detenimiento el vacío como cuando estás preocupado y te quedas mirando algo de fijo;  la idea de la fatalidad carcomía el trozo de alma que aún conservaba en su tibio pecho. De un momento a otro Yahir exclamó:
-Tal vez morirme sería lo mejor, ya lo venía pensando, ¿sabes?

Algo en el cerebro de Andy explotó,  de un salto se puso de pie y llegó hasta donde estaba su amigo, le abrazó y después,  tomando por el mango una de las raquetas, empezó a golpearlo una y otra y otra y ¡otra vez! Primero Yahir sintió el dolor y la sangre ardiendo en los costados de su cabeza, lloraba y gritaba alguna plegaria, luego se desplomó, soltando balbuceos, luego sonidos guturales, después nada; se movía en estertores a cada nuevo golpe, mientras sangraba profusamente, recostado en un charco rojizo. Finalmente, Andy  se detuvo y tomando en sus brazos lo que quedaba del muchacho lo estrechó fuertemente diciéndole al oído:
-Ahora estarás seguro, ¿sabías? Ahora nadie te hará daño ¡los doctores son tan fríos!

Y le empezó a escarbar la cabeza ya plagada de coágulos oscuros, arrancándole los cabellos con las uñas, como si quisiera guardar de recuerdo el pelo de su amigo, ¡como si quisiera guardarlo!  Con un lazo color naranja y en una cajita magenta.

Unidimensional (cuento)

La tarde desdibujaba la soledad y traía consigo la eterna depravación nocturna; llevaban horas recostados en el bosque, cerca del mórbido lago oscuro, sin hacer demasiado, sólo observar el firmamento, de repente mirarse con ojos extraviados, ambiguos, como si se les fuera la vida en ese gesto; sin hablar, con la misma frialdad del lago circundante, de vez en vez entrelazar las manos o pasarlas mutuamente por lugares donde provocara estremecimientos callados, hasta lograr con timidez humedecer los muslos; después sonrisas tenues, pausadas, suspiros contenidos que en milésimas lograban escapar, seguidos de silencios profundos donde de nuevo regresaban ala contemplación del cielo, sin decir una palabra, en un embelesamiento que asustaba pero que no obstante para ellos era normal.

Imperceptiblemente la noche cubrió del todo el espeso bosque ocultando entre sus sórdidas y fantásticas sombras  aquellas dos tumbas negras que descansaban junto al lago, resguardando la memoria de los amantes, muertos ya desde hace tiempo, pero que se reencontraban eternamente una y otra vez para volver a matarse , para volver a besarse.

Ducha nocturna

Había alquilado por adelantado un año aquel departamento, desde el inicio le fascinó el lugar y no dudó en finiquitar el trato. Él buscaba paz y allí, como le había explicado el propietario, los únicos vecinos que tendría serían el bosque abierto y al otro lado el pacífico cementerio local.
 Todo lucia de maravilla; sólo estaba ese pequeño detalle por las noches. Al ducharse,  después de venir agotado del trabajo, tenía  que tolerar esas manos rascando el desaguadero, él continuaba su tarea,  ignorando recalcitrantemente. Las zarpas aruñaban más fuerte, eran unas manitas pequeñas y de uñas negras, casi  quebradas. Entonces,  Él salía temblando de la ducha y siempre se dormía sin cenar, casi entre sueños alcanzaba todavía a escuchar algo que se arrastraba pesadamente desde el cuarto de baño hasta su habitación, lento, recorriendo la alfombra; por eso cerraba con llave.


Una vida perfecta (cuento)

by Alphie
Subió al auto,  su familia lo esperaba en casa;  después de años de internamiento finalmente estaba curado y listo para regresar a su vida cotidiana. Atrás quedó ese terrible error del cual había sido blanco su padre ¡pobre de su padre!, tuvo suerte de no ser enviado a prisión en vez que al sanatorio.
Terminado el convivio de bienvenida cuando ya  todos dormían, salió al jardín aspirando el aire fresco de la madrugada, luego se tiró en el pasto a mirar las estrellas y las estrellas eran bocas desmesuradamente abiertas que le hablaban, sí, le hablaban.
Sé sintió extraño, ligero, flotante;  la cosa fue rápida, un impulso lo condujo a la cochera donde guardaban las herramientas, luego fue cuestión de asir el martillo y entrar a la casa. La madre ni siquiera sintió el golpe que fue seco y consistente; un hueco se abrió en el cráneo semejante a una alcancía rota, mientras el cuerpo temblaba con los estertores nerviosos de las lagartijas, entonces asestó el golpe final que terminó por expulsar los sesos; acto seguido se dirigió al cuarto de sus hermanos menores.
Al día siguiente ya estaba de nuevo recluido;  al llegar la noche no lograba dormir,  se sentía mal porque los mosquitos se colaban a la casa de la risa eterna y  a él, con la camisa de fuerza, le era imposible desaparecer la comezón;  con mirada bestial seguía el ir y venir de las alimañas desafiando la gravedad, mientras decía:

-Si no fuera por los mosquitos, mi vida… ¡mi vida sería perfecta!

Dos locos (cuento)

Él soñaba constantemente que arrojaba a su novia a las vías del tren y que veía cómo sólo quedaban sus tiernas zapatillas bañadas en sangre en los toscos rieles.
Una y otra vez soñaba con eso, ya le estaba preocupando demasiado.
Entonces se lo contó a ella, temeroso de que lo creyera loco, le dijo:
“¡mi amor, figúrate! he soñado que estamos tú y yo solos en la estación del tren y que cuando pasa el tren te empujo a la vía”
La muchacha no contestó nada pero al otro día que estuvieron en la estación del tren y se quedaron solos, sin poder tolerar la presión de aquella confesión,  lo arrojó a los rieles  por temor a que él lo hiciera primero.

Lleno de vida (cuento)

El muerto fue a comprarse ropa, necesitaba algo para aparentar que “estaba lleno de vida”; escogió  una camisa rojo brillante, gafas de las más modernas y unos zapatos del diseñador de moda más famoso del planeta.
 Cuando llegó con su novia (que estaba viva) ésta le dijo:
“No sé, algo cambió en ti, estás diferente, es que…me gustan los chicos sombríos, aletargados y absurdos…algo agonizantes….son tan atractivos e interesantes; que te has hecho, Federico?“ El muerto, iracundo, rompió con ella y lamentó el dinero que había gastado a causa de la ingrata muchacha necrófila.

Promoción del mes

El encargado de la funeraria se tronó los dedos y dio vueltas en círculos maldiciendo su suerte.  ¡Ni un fiambre en toda la semana! ¡De qué viviría! ¿Y si nadie moría?
Entonces formó en su cabeza un plan rebuscado para que lo muertos no faltaran:
En la compra de un cajón te regalaban una escopeta, 50 cervezas y  una decepción en buen estado.

Confesiones de un muerto frustrado (cuento)

Confesiones de un muerto frustrado
Bajé al infierno y me senté en un enorme peñasco, había muchos muertos a mi alrededor recién salidos de la vida; busqué con la mirada a Óscar Wilde, a Donatién de Sade, Horacio Quiroga,  Charles Baudelaire y  Guy de Maupassant,  entonces  logré verlos a  lo lejos; tenía muchas preguntas que hacerles.
Cuando ya estaba por llegar hasta donde estaban vi que se cernía un muro entre ellos y mi persona que tenía esta leyenda:
“sólo muertos vip, prohibido pasar, hablar, invocar o cualquier intento pobre de llamar su atención”
Entonces traté de derribar ese monolito de roca pero no pude, con las manos enrojecidas me dispuse a volver a mi peñasco; finalmente,  amargado, desconsolado y pesaroso me conformé con reírme de los suicidas que iban pasando con las muñecas ensangrentadas o el cuello a modo giratorio de 360 grados; uno de ellos se detuvo y me dijo, para trastornarme,  “yo ya hablé con todos ellos” y se fue, carcajeándose;  tenía la cara pálida y su boca morada, fatalmente despellejada, delataba que se había tragado toda la farmacopea. Suspiré.

Confesiones de un muerto que no estaba muerto
Entonces creí ver algo, algo así  como…. ¿cómo te explico? como un túnel y una luz blanca…
Ahora doy entrevistas en programas de psíquicos medianamente famosos.

Confesiones de un muerto satisfecho
Cuando llegué,  Oscar Wilde rápidamente lanzó las frases más geniales dedicadas a mí, Baudelaire me invitó de  su  mejor alcohol y su más selecta marihuana;  Poe me recitó  El Cuervo, mientras Maupassant, Quiroga y Sade me daban un relajante  masaje.
Afuera se escuchaban los gritos de los muertos plebeyos.

En tu oscura inocencia (cuento)


En el sótano oscuro y húmedo,  mientras él dormía, el diablo se escondía debajo de su cama,  y sacando media cabeza le lamía las manos con su lengua negra;  él,  entre sueños,  parecía no enterarse de nada, entonces el diablo sentándose a su lado le decía cosas al oído, le tocaba los cabellos, y chascando los dedos lo hacía levitar, le torcía los brazos y le mordía los pies; le hacía girar las muñecas  a 180 grados y le aruñaba las mejillas rosadas.

Un día,  mientras jugaba, él se despertó, Satanás,  sintiéndose descubierto,  corrió a una de las esquinas del sótano;  con sus enormes ojos lo miró y no supo qué hacer, entonces él le dijo:

-Cuando llegas, me gusta hacerme el dormido.

La oveja negra y el adiós al futuro. (cuento)

La odiaba y ahora estaba muerta, bien muerta, con sus cabellos petrificados ya para la eternidad, con su mirada hundida y la piel de un velo gris desesperante; ella: la hija pródiga, la hermana ideal, la promesa de sus papás, y él,  la oveja negra. ¿Pero qué importaba? Si era la oveja negra la que estaba viva.

Hoy era el entierro, ella estaba allí, comiéndose el silencio de junio y aplastando con su sangre coagulada todos los abriles venideros; el cajón sencillo oscuro y con los bordecillos plata le dio nauseas, y cuando le dijeron que tenía que despedirse de la muerta con un discurso, sintió cómo le recorría en el estómago una amenaza de vómito, sé acercó  intentando seguir el juego, allí estaban todos muy serios, parecían interpretar una comedia absurda; pero no atinó a decir nada; de pronto su mamá se acercó y le dijo al oído:

-ni siquiera tienes buenas palabras que decir en este momento, Orlando, tu hermana lo habría hecho mejor-

Él palideció; algo se rompió dentro de su alma, iracundo avanzó hacia el ataúd y lo tiró de una patada, la gente quedó atónita, el cadáver salió disparado quedando en medio del piso con las manos extendidas, la boca desmesuradamente abierta, en una apariencia grotesca; mientras él exclamó riendo,  ya descaradamente:

- sí, ella lo habría hecho mejor, definitivamente mejor, que lo haga entonces, si puede-.

Los amantes destructivos (cuento)

by Alphie

Yamsir nunca planeo nada, pero con el paso del tiempo las miradas se hicieron más arrebatadas, profundas y frecuentes, los lánguidos suspiros de Dranat tras el ventanal solapa se devoraban las tardes oscuras, la odiosa cerca que les separaba era como viento que solo avivaba el fuego entre los dos sin distanciarlos realmente, más bien fusionándolos emocionalmente con ardor inacabable.
Dranat poseía un carácter afable pero apasionado con una alegría revestida de ironía que proyectaba luz y romanticismo, invocando ideales rayanos en lo fantástico, y entregándose de lleno a batallas sin sentido pero que para él siempre lo tenían, por su parte Yamsir exhibía una actitud con tintes melancólicos y existencialistas, una fría elegancia que derivaba en una tristeza insondable…el resultado al contrario de lo que se pudiera pensar era que se complementaban  a la perfección, formando uno el balance del otro. Ahora era otoño, pero el extravío había empezado al calor del verano, donde el sombrío bosque les recibía, entonces ante la mas mínima señal de sensualidad en Yamsir, Dranat acudía complaciente, dispuesto y adiestrado a satisfacerle, no solo emocionalmente sino en la húmeda intimidad, y era ese regalamiento sexual continuo, quieras que no, lo que provocaba en Yamsir una secreta excitación permanente, es que era de chascar los dedos y le tenía subyugado en su entrepierna, ¡aquello era una cosa de volverse loco!. En ocasiones permanecían horas mirándose de lejos, tras el cristal de su respectiva “ventana”, a veces las mejillas coloreadas, los ojos desviados al suelo y el corazón en frenesí silencioso, ninguno hablaba, horas sórdidas se sucedían una tras la otra, en una ambigüedad sentimental mutua y consensuada, hasta que alguno pronunciaba alguna palabra transparente con pánico latente, ¡en el acto!, como si temieran romper un dulce pacto de coito mudo.

Pero esa noche era distinta, llegada la madrugada, Dranat abrió el ventanal, deslizando el cristal del enorme tragaluz, salió con premura, aseverando el no ser visto, Yamsir le recibió con una sonrisa taimada, nerviosa y desbocada de excitación.

A la mañana siguiente no fueron vistos, mas ya al atardecer, la gente de la cuadra comentaba alarmada:

-Sí, no aparecen, ni el joven, ni el chiquitín,  ¡pero si apenas tiene 11 años!… ¿qué puede saber una criatura de esa grácil edad?... ¡y aquel! Si, si, si…ya se le veía fachada de pervertido-.

Ningún esfuerzo sirvió de nada, parecía que la tierra se los hubiera engullido, años después dicen que alguien les miro en un auto azul marino, una tarde…y que el niñito le gritaba enfurecido al  muchacho:

-¡Entiéndelo, si no paso nada antes, tampoco sucederá nada ahora!-

Y agregó ya más sutilmente:

-Porque todos son simple y llanamente unos estúpidos-

Eunice se muere en jueves (cuento)

by Alphie

Cuando la vi por primera vez era invierno, yo observaba detrás de la vidriera del bar de costumbre, su rostro era el de una nena de 13 años, aunque era obvio que tenia mas, ya que ejercía la prostitución en una zona de comercio sexual establecido, donde era necesaria la mayoría de edad, con una coleta y uniformada despertaba cualquier concupiscencia, rara vez me interesaba por cualquier ser humano, pero ella me gustaba secretamente, los meses pasaron y un día se volvió obvio que ella estaba preñada, dejo de asistir y le perdí la pista, por otro lado yo salí del país casi 6 meses.
Ayer volví: allí estaba, ahora lucia dos coletas, pero el uniforme era el mismo, me salí del bar y me puse a distancia, mirándole, de pronto me distraje con la música del ipod, contemplando la nada, entonces alguien me toco, me sobresalte, ¡era ella!, se había cruzado la calle y me decía divertida:

-Despierta, ¿qué miras en el cielo?, ¿son cuervos?, ni siquiera hay estrellas, no te duermas, siempre estás en las nubes-

Yo me sonreí, avergonzado, sentía las mejillas ardiendo como un chiquillo aunque estaba ya lejos de serlo, no sabía que decir, así como llego exclamo divertida:
-¡ya me voy!-
Y desapareció, no entendí porque se me acerco, pero supuse que ya se había percatado desde hacia tiempo de mi deseo y no le resultaba indiferente. Cuando me toco irme, la vi de nuevo caminando por ahí, sin que me viera le seguí a una prudente latitud emocional, por la espalda le tire de una de las coletas y me marche a prisa, ella me gritaba a lo lejos alguna cosa…se que reía y que su risa era un eco delicioso, ya distante, lánguido, casi transparente.
Ella se me acerco y dijo:

-¿Despierta, que miras en el cielo?, ¿son cuervos?, ni siquiera hay estrellas, no te duermas, siempre estás en las nubes-

Otee como se perdía entre los sepulcros, las tumbitas blancas del panteón.
Recuerdo que cuando regresé de mi viaje, fui a buscarle y ya no estaba, estaba otra chica. Conocí que alguien se la había llevado, un jueves, lejos…muy lejos, en un nicho de sangre las coletas revueltas, con las uñas quebradas bañadas en lodo de la terracería.
Así como llego se fue, exclamo divertida:
-ya me voy, tengo que volver debajo de la tierra-
 Y desapareció.